EL MATRIMONIO, EL DIVORCIO y LA GRACIA – por Alejandro Villegas

Una mirada reformada al pacto, la excepción bíblica y la violencia doméstica Por Alejandro Villegas

por Alejandro Villegas
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PARTE I — EL MATRIMONIO COMO PACTO SANTO

I. El diseño original: un pacto, no un contrato

El matrimonio no es una invención humana, una convención social o un producto cultural. Es una institución establecida por Dios mismo en el jardín del Edén, antes de la caída, como parte del orden creacional.

Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” — Génesis 2:24

Jesús mismo, al ser confrontado sobre el divorcio, no apeló a la ley mosaica como punto de partida, sino que regresó a la creación:

¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo… Así que no son ya más dos, sino uno; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” — Mateo 19:4-6

Esto es fundamental: el matrimonio no se origina en una convención humana renegociable, sino en la voluntad soberana de Dios. Es un pacto —un vínculo solemne sellado ante testigos y ante el mismo Dios—, no simplemente un contrato civil que dos partes pueden disolver por conveniencia mutua.

II. La excepción que el mismo Cristo reconoció

Afirmar la santidad del matrimonio no equivale a negar que las Escrituras mismas contemplan situaciones de ruptura irreparable causadas por el pecado.

Cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera.” — Mateo 19:9

Es significativo que sea el propio Cristo —el mismo que exaltó la permanencia del pacto matrimonial— quien introduce esta cláusula de excepción (porneia). No estamos ante una concesión posterior de la Iglesia a la debilidad humana, sino ante una enseñanza explícita del Señor.

La tradición reformada, siguiendo esta lógica, ha sostenido que no es el cónyuge inocente quien rompe el pacto, sino el pecado grave que lo profana. La Confesión de Fe de Westminster lo articula con precisión pastoral:

El adulterio o la fornicación, cometidos después del contrato matrimonial, dan al inocente causa justa para disolver el matrimonio… y, después del divorcio, para casarse con otro, como si el cónyuge culpable estuviera muerto.” — WCF 24.5

Aunque la corrupción del hombre sea tal que se esfuerce en buscar argumentos para separar indebidamente a los que Dios ha unido en matrimonio, sin embargo, nada, excepto el adulterio, o tal deserción voluntaria que no pueda ser remediada, es causa suficiente para disolver el vínculo matrimonial.” — WCF 24.6

III. Pablo y el abandono del cónyuge incrédulo

El apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu, añade otra dimensión a esta enseñanza al tratar el caso de un matrimonio mixto donde el cónyuge no creyente decide irse:

Si el incrédulo se separa, sepárese; no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso; pues a paz nos llamó Dios.” — 1 Corintios 7:15

La expresión griega traducida como “sujeto a servidumbre” (dedoulōtai) es la misma raíz usada para hablar de esclavitud. Pablo está diciendo, con toda claridad pastoral, que el creyente abandonado no queda encadenado de por vida a un pacto que la otra parte ya ha destruido con su deserción.

IV. Dos verdades que deben sostenerse juntas

La teología reformada no elige entre la santidad del matrimonio y la realidad del pecado humano. Sostiene ambas verdades sin contradicción:

Porque Jehová Dios de Israel ha dicho que él aborrece el repudio.” — Malaquías 2:16

Y a la vez:

Empero cada uno como Dios le repartió, y como llamó el Señor a cada uno, así ande.” — 1 Corintios 7:17

Dios odia el divorcio porque odia la ruptura de lo que Él diseñó para ser permanente. Pero un Dios que odia el pecado también hace provisión para quienes son víctimas de él. Negar toda posibilidad de recasamiento a quien ha sido traicionado por adulterio o abandonado de forma irreparable no es mayor santidad: es imponer un yugo que el propio texto bíblico no impone.

Porque el yugo mío es fácil, y ligera mi carga.” — Mateo 11:30

V. Lo que esta enseñanza NO dice

Es tan importante afirmar la excepción como delimitarla con claridad, para que nadie la use como excusa:

  • No se promueve el divorcio como salida fácil ante los conflictos matrimoniales normales.
  • No se normaliza el recasamiento como una opción sin consecuencias espirituales.
  • No se ignora el llamado prioritario al arrepentimiento, la reconciliación y el consejo pastoral.
  • No se elimina el rol de la disciplina eclesial en estos procesos.

Mas a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido… y que el marido no abandone a su mujer.” — 1 Corintios 7:10-11

El camino ordinario y prioritario sigue siendo la restauración del pacto, no su disolución.

VI. Un llamado pastoral, no ideológico

El matrimonio es un cuadro vivo del pacto entre Cristo y su Iglesia:

Este misterio es grande; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia.” — Efesios 5:32

Por eso merece ser protegido, enseñado y defendido con toda seriedad. Pero la misma Iglesia que defiende la santidad del pacto debe también reflejar el corazón del Dios que “no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea” (Isaías 42:3) — el Dios que sostiene al cónyuge traicionado o abandonado, y que provee, “solo en el Señor” (1 Corintios 7:39), un camino de restauración después de la tragedia del pecado ajeno.

El evangelio no trivializa el pecado. Pero tampoco encadena a sus víctimas.

PARTE II — CUANDO EL HOGAR DEJA DE SER UN LUGAR SEGURO

Violencia física, psicológica y pacto matrimonial

I. Una advertencia previa

Antes de cualquier argumento teológico, hay que decirlo con toda claridad pastoral: la Biblia nunca pide a nadie que permanezca en peligro para “preservar el matrimonio”. Ninguna enseñanza sobre la santidad del pacto puede usarse para justificar que una persona —o sus hijos— permanezcan expuestos a violencia física o psicológica. Eso no es fidelidad al diseño de Dios; es una distorsión que Dios mismo aborrece.

El que ama la violencia, su alma la aborrece.” — Salmo 11:5

II. El matrimonio como reflejo del amor de Cristo — no de su opuesto

El fundamento bíblico del matrimonio no es la sumisión al maltrato, sino el amor sacrificial:

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” — Efesios 5:25

Cristo se entregó por su Iglesia, nunca la hirió, la despreció ni la controló con miedo. Un matrimonio donde existe violencia física o psicológica no está viviendo el “misterio” que Pablo describe en Efesios 5 — lo está traicionando en su raíz. Usar este pasaje para exigir sumisión a costa de la seguridad de la persona es una lectura que contradice el propio corazón del texto.

Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos… ninguno aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida.” — Efesios 5:28-29

III. ¿Es la violencia una forma de “abandono” del pacto?

Muchos teólogos reformados y pastores contemporáneos —basados en el principio ya establecido en 1 Corintios 7:15 y en la Confesión de Westminster (24.6, que habla de “deserción voluntaria que no pueda ser remediada”)— entienden que el abandono del pacto no requiere necesariamente que alguien se vaya físicamente del hogar.

Cuando un cónyuge, mediante violencia física o abuso psicológico sostenido, destruye la seguridad, la confianza y la dignidad del otro, está desertando de su compromiso de pacto en su esencia, aunque siga viviendo bajo el mismo techo. El abuso es en sí mismo una ruptura del pacto —no su cumplimiento riguroso.

Esta no es una postura marginal ni una concesión a la cultura contemporánea. El teólogo Wayne Grudem —una de las voces más respetadas de la teología reformada y complementaria, autor de Teología Sistemática— sostuvo durante décadas que solo existían dos causas bíblicas para el divorcio: adulterio y abandono por parte de un incrédulo. Sin embargo, tras conocer casos reales de cónyuges que soportaron en silencio décadas de maltrato físico y degradación sexual por creer que ese era su deber cristiano, revisó a fondo el texto griego de 1 Corintios 7:15. Concluyó que la expresión “en tales casos” no se limita al abandono físico, sino que abarca cualquier situación que de manera similar destruya el matrimonio —incluyendo violencia física repetida y amenazas de daño grave—. En noviembre de 2019, presentó esta postura revisada ante la Sociedad Teológica Evangélica, bajo el título “Motivos para el divorcio: por qué ahora creo que hay más de dos”. Que un teólogo de su trayectoria y rigor exegético haya cambiado su posición, no por presión cultural sino por fidelidad al texto bíblico, debería darnos la humildad pastoral de reconocer que callar a la víctima en nombre de la “santidad del pacto” puede ser, en realidad, una infidelidad al corazón de ese mismo pacto.

Hay en toda la Escritura un rechazo consistente a la opresión de los vulnerables, desde las leyes de protección del Éxodo hasta los profetas y la literatura sapiencial (ver Éxodo 21; Deuteronomio; Proverbios).

IV. La prioridad no es preservar la relación, sino proteger la vida

Aquí es donde el consejo pastoral bíblico y el buen juicio deben caminar juntos:

  • La seguridad es primero. Ningún versículo sobre “reconciliación” tiene prioridad sobre la protección de una vida en peligro.
  • Involucrar a las autoridades correspondientes no es falta de fe — es sabiduría bíblica. Romanos 13 reconoce a las autoridades civiles como instrumento de Dios para restringir el mal.
  • La disciplina eclesial existe también para confrontar al agresor, no solo para “aconsejar” a la víctima a soportar.
  • El silencio de la Iglesia ante el abuso no es paz, es complicidad.

Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado.” — Isaías 1:17

V. Un llamado a los pastores y líderes

Una teología del matrimonio que no distingue entre sufrimiento por causa de Cristo y sufrimiento por causa del pecado ajeno sin resistencia puede terminar, sin intención, protegiendo al agresor y abandonando a la víctima. Eso no es fidelidad bíblica, es un mal uso de la doctrina.

La Iglesia debe ser refugio, no cárcel. Debe ofrecer consejo pastoral, pero también reconocer sus límites: la violencia doméstica muchas veces requiere intervención profesional, legal y de seguridad —no solo espiritual—.

Si este documento se comparte pensando en una situación real, ya sea propia o de alguien cercano: la ayuda profesional y las líneas de emergencia locales son un paso necesario y válido, no una falta de fe.

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