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Carta abierta de Pastores Evangélicos de Antofagasta a las autoridades civiles chilenas

Escrito por La Verdad Ahora

“LA COBARDIA PREGUNTA: ¿ES SEGURO? LA POLITICA PREGUNTA: ¿ES CONVENIENTE? LA VANIDAD PREGUNTA: ¿ES POPULAR? PERO LA CONCIENCIA PREGUNTA: ¿ES LO CORRECTO? Y LLEGA EL MOMENTO EN QUE UNO DEBE TOMAR UNA POSICION QUE NO ES SEGURA, NI CONVENIENTE, NI POPULAR, PERO HAY QUE TOMARLA PORQUE ES LO CORRECTO”.  Pastor Martin Luther King (1929-1968)

Los pastores evangélicos de Chile, a través de las distintas instituciones que nos asocian desde Arica y Parinacota a Punta Arenas, sentimos que hemos sido convocados por Dios para puntualizar algunos aspectos relativos a la historia de nuestra patria, y a la forma en cómo se están escribiendo algunos capítulos de ella, con respecto a sus valores, a su ética y su moral.  La Iglesia del Señor no acostumbra a inmiscuirse en las labores de los gobiernos que la presiden porque cree y reconoce como correctos los principios establecidos en las Escrituras acerca de respetar y sujetarse a sus gobernantes, y en los sabios consejos apostólicos acerca de orar y levantar manos santas rogando por la buena gestión de ellos, a fin de que podamos vivir quieta y reposadamente.  Todo esto en la buena fe de que cada gobierno se esfuerza por dar cumplimiento a un programa que tienda a facilitar la vida de los connacionales, en la búsqueda de la convivencia pacífica dentro de una sociedad estable y firme, en pro de la prosperidad integral de sus gobernados, traducido en mejores trabajos, sueldos justos, educación y salud de excelencia.  Pero también entendiendo que la prosperidad no sólo es material, sino, por el contrario, que no hay verdadera prosperidad si el ser humano no se realiza en plenitud espiritual, emocional y moral, en una ética que le permita construir un proyecto de vida con honestidad, con respeto, con valores por los cuales luchar, como la fe, la libertad, la empatía, la tolerancia y la solidaridad con los demás.  Todo ello bajo el respeto irrestricto de la Patria, su historia y sus valores, precisamente porque son los valores morales, éticos y espirituales los que engrandecen a las naciones ya que son el fundamento sobre el cual se construye el ser nacional.  Las Escrituras señalan que “el respeto a Dios engrandece a las naciones”, y es precisamente este respeto por el Creador el que ha gestado un alma cristiano en la chilenidad, una genética, un ADN. Y lo que construye esta idiosincrasia no son factores raciales, ni sociales, ni étnicos.  Es mucho más que eso: es la confianza, desde sus albores, en un Dios que sustentaría la vida, la Patria, la familia.  Ya el himno patrio dejaba sentir esa confianza: “…y  tu campo de flores bordado es la copia feliz del Edén” o “Majestuosa es la blanca montaña que te dio por baluarte el Señor”

Los cristianos, en el amplio espectro de la palabra, en este país representan casi el noventa por ciento de la totalidad de la población; estamos hablando de unos 16 millones de personas que se adhieren, en distintos niveles de compromiso,  al proyecto de Dios en la tierra: creen en un Dios único y creador de todas las cosas, creen en su hijo Jesús y su obra redentora, creen en una vida eterna más allá de su finitud como seres humanos en esta tierra, creen en que hay que amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos.  Y la Iglesia evangélica nuclea al veinte por ciento de la totalidad de los chilenos, sobrepasando largamente los tres millones de fieles comprometidos con esta fe. Podríamos decir entonces que, de alguna manera, en esta larga y angosta faja de tierra, existe una ética cristiana, con una libertad de religión que permite enseñar en los colegios acerca de la fe, que permite expresarse como congregación en cualquier punto del país y que, libremente, permite a cualquier ciudadano hablar acerca de su fe y sus creencias, sin ser cuestionado legalmente. De la misma manera, cualquier chileno no adherido a estas creencias puede defender y manifestar su opinión sobre lo que crea pertinente, con la más absoluta libertad, sin ser objetado por los creyentes.  Absolutamente de acuerdo en esto.  Aquí no está el problema.

Pero, cuando a través de la dictación de leyes se pretende crear una nueva mentalidad con cierto tinte ideológico,  entonces ya no estamos hablando de buscar  el bien común ni la convivencia pacífica, sino la instauración de un estado que no es representativo de todos los chilenos.  El problema surge cuando esta ética hedonista de algunas minorías hace alianza con la ética utilitarista de algunos legisladores, y se crea una nueva base institucional de un sistema que, si no conserva su fortaleza ética y moral, más temprano que tarde se derrumbará por el propio peso de aquellas normas que, aunque legales, carecen de legitimidad.  Hoy observamos una veintena de proyectos de ley, los cuales, de una u otra manera, afectan la fe, la moral y la libertad de expresión espiritual de la mayoría de los habitantes de este largo país.

 

¿Por qué razón esta nutrida agenda legislativa del gobierno nos convoca en esta hora?  Es precisamente en este punto donde queremos puntualizar algunas cosas:

  • Todos los que vivimos en un Estado de derecho entendemos que las circunstancias que permiten la convivencia pacífica están basadas en un ordenamiento jurídico, el cual otorga libertades y obligaciones, con el garante de un gobierno que tutela el cumplimiento de esa armonía.  A mayores derechos, mayores obligaciones.  Y viceversa. Este respeto se apoya en una empatía reglamentada, donde nos ponemos de acuerdo en que muchos de los deseos personales de alcanzar cierta clase de felicidad serán negados en pro de una convivencia pacífica y conveniente.  Y que, a contrario censu, el dar rienda suelta a todos nuestros deseos y libertades pone en peligro las bases de una sociedad justa y estable.  Y esto último es lo que está ocurriendo hoy, donde un sector minoritario de la sociedad se está beneficiando injustamente con la aprobación de leyes en desmedro de  aquellos que no siempre estamos de acuerdo en los términos en que se están planteando algunos temas valóricos y morales, tales como la eutanasia, el matrimonio gay, el aborto, etc., o los proyectos en carpeta acerca de la educación religiosa, la eutanasia y la despenalización de la mariguana.  La labor de un gobierno sabio, entonces, es mantener los equilibrios ciudadanos, entendiendo que el período por el cual se le extiende un mandato para administrar el país no es la gran oportunidad de transformar toda la sociedad de acuerdo a la ideología política  que sustentan, sino, el propender al fin último de la política: buscar el bienestar integral de una nación, en paz y armonía.
  • También las sociedades van forjando una forma de ser, un comportamiento nacional, basadas en sus pactos sociales.  Determinadas leyes, al cabo de cierto tiempo, crean moldes conductuales, los cuales, a su vez, determinan la idiosincrasia de un sector social, un modo de actuar. Es precisamente esta peculiaridad lo que hace que los países sean diferentes, con sus propias características culturales.  Dicho de un modo bastante simple, el permitir que se dicten leyes que legalicen conductas consideradas poco éticas pero que nadie objeta por negligencia, por desidia, por temor o por debilidad, crean, en el transcurso de un tiempo determinado, una conducta aprobada por la mayoría y con carta de ciudadanía dentro de la ética y moralidad de ese país.  Los que tienen las libertades son los que practican, enseñan, e imponen su visión del mundo inmoral. De esta manera, muy veladamente, ley tras ley, se van corriendo las fronteras espirituales, de modo que con el pasar de los años, cosas que se consideraban malas ya no lo son tanto o, derechamente, lo malo va resultando bueno y lo bueno se empieza a ver malo. La sociedad se habitúa a estas nuevas conductas.  No en vano dice Dios en las Escrituras: “Ay de aquellos que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno llaman malo, que ponen las luz por tinieblas y las tinieblas por luz…”  El problema es que no nos damos cuenta que, paulatinamente, las bases de una sociedad están siendo cambiadas.  El escritor suizo Oliver Clerc, en su parábola de “La rana que no sabía que estaba hirviendo”, nos ilustra este cambio social: “Si una rana salta a una olla de agua hirviendo, sale enseguida porque siente el peligro. Pero si lo hace a una olla con agua tibia que se calienta lentamente, se queda dentro y no se mueve. Seguirá ahí, aunque la temperatura siga subiendo y subiendo. Se quedará ahí hasta ser rescatada o… muerta”. Si la misma ranita hubiera estado metida directamente en el agua a 50 grados, con un golpe de sus patas inmediatamente habría saltado fuera de la cacerola.  Esto demuestra que, cuando un cambio viene de un modo suficientemente lento escapa a la conciencia, y no provoca en la mayor parte de los casos ninguna reacción, ninguna oposición…

Una cantidad de cosas que nos habrían hecho horrorizar 20, 30 o 40 años atrás han sido poco a poco banalizadas, y hoy apenas preocupan, o dejan directa y completamente indiferente a la mayor parte de las personas.

En nombre del progreso, de la ciencia, y del aprovechamiento, se efectúan continuos ataques a la familia, a la dignidad, a la honra, al respeto. Lentamente, pero inexorablemente, con la constante complicidad de las víctimas, inconscientes, o quizás incapaces de defenderse.  Los oscuros presagios para nuestro futuro, en vez de suscitar reacciones y medidas preventivas, no hacen más que preparar psicológicamente a la gente para aceptar las condiciones de vida cada vez más decadentes.

  • El mandato que hemos puesto estos millones de cristianos en las manos de nuestros delegados al congreso o al Poder ejecutivo, deben ser entendidos como poderes temporales condicionados al cumplimiento de las promesas hechas a sus electores, y nunca como cheques en blanco para auspiciar agendas personales o virajes ideológicos surgidos de los pactos políticos o de los vaivenes conductuales. Los millones de cristianos de este país no hemos elegido representantes para que coarten nuestros valores ni pisoteen nuestra fe, ni mucho menos transformen esta nación en un estado ateo e inmoral.
  • Miles de pastores aconsejamos a nuestras congregaciones a que voten por aquellas personas que se ven más cercanas a la ética de Cristo, a saber: velar por los pobres y más desamparados; propender a todo tipo de justicia, social, laboral, educacional; mantener en alto las banderas de la libertad y del progreso; asegurar la vida y la salud física, mental, emocional, espiritual.  Pero jamás aconsejaríamos a votar por gente que niegue la existencia de un Dios Creador y soberano, que propicie proyectos de ley donde sean violados sus mandatos o ridiculizadas sus enseñanzas, o donde nuestros hijos no puedan ser alimentados en la fe y esperanza de un reino eterno, vulnerando las instituciones más sagradas como la vida y la familia, valores supremos de la sociedad, tal como las entendieron nuestros primeros legisladores. Ni votaríamos por políticos que, llamándose cristianos, violenten su adhesión a la causa de Cristo, en pro de doctrinas abiertamente anticristianas.
  • Los ministros evangélicos que suscribimos este acuerdo nacional formamos parte de las 346 unidades pastorales a lo largo del país, nucleando a alrededor de sesenta mil pastores y a más de tres millones de hijos de Dios.  Somos, lejos, la minoría más grande de Chile. Y, lejos también, la gente más comprometida con lo que cree, pues la iglesia evangélica es militante, no es simplemente nominal o religiosa.  La historia lo atestigua largamente en todos los ámbitos donde hay o hubo cristianos, gente que llegó hasta la muerte por su fe en el Hijo de Dios. Si constituyéramos un partido político, con toda seguridad, sería muy difícil que alguien pudiera derrotar en las urnas a los cristianos evangélicos.  Voluntariamente hemos decidido abstraernos de esas funciones y confiar en aquellos políticos más experimentados para que ellos administren el territorio nacional y la vida de esta nación.  Pero si estas cosas que estamos considerando atropellos y abierta discriminación continúan, esta actitud puede cambiar y tendremos que involucrarnos en temas más terrenales a fin de salvaguardar las creencias que nos dan la vida y razón de ser.
  • Esta declaración acerca de estos temas no sólo obedece a un interés espiritual, sino también a una cuestión de supervivencia como país.  La historia nos da a conocer acerca del florecimiento de grandes culturas que fueron un tremendo aporte a la civilización y que colapsaron cuando se debilitaron moralmente. Y esto porque siempre que haya un relajamiento moral traerá como consecuencia la descomposición social de una nación; así ocurrió con el antiguo Egipto, el Imperio romano, el Imperio Griego, el Pueblo Maya, el Reino de Francia, y más recientemente, China, La Unión Soviética, y las crisis que viven hoy estados que se consideraban muy fuertes, como los Estados Unidos de Norteamérica.  A propósito de esta nación, Harry S. Truman, presidente entre los años 1945 y 1953, un liberal que entendía la base moral de un estado, dijo en la conferencia de la Procuraduría General el 15 de febrero de 1950: “La base fundamental de las leyes de esta nación fue dada a Moisés en el monte Sinaí. La base fundamental de nuestra Carta de Derechos proviene de las enseñanzas que recibimos de Éxodo, de Isaías, de los apóstoles Mateo y Pablo…” Y el 3 de abril de 1951 declaró: “Sin una base moral firme, la libertad degenera rápidamente al egoísmo y a la anarquía… Entonces habrá libertad sólo para los ladrones y los que son más fuertes y más inescrupulosos que el resto del pueblo”.

Truman vio, en su vida,  lo que Hitler, Mussolini, Hirohito, Stalin, y Mao Tse Tung hicieron a sus naciones y comprendió que ninguna nación, ni siquiera los Estados Unidos de Norteamérica, es inmune a los efectos de la violación de las normas para la vida establecidas por Dios, como está revelado en Su Palabra.

  • Finalmente, concluimos la presente declaración exponiendo que, más que una sugerencia o un mensaje subliminal, los cristianos evangélicos de Chile estamos derechamente informando a nuestros representantes en las distintas bancadas del Congreso y del Gobierno, que no estamos ajenos ni desinformados acerca de la labor que cumplen y que es nuestro deseo que dicho trabajo lo realicen cuidando de no pisotear la ética y la moral cristiana, tan valiosa para nosotros, un gran sector de sus electores.  Queremos que sigan contando con nuestra confianza y que a la hora de tratar los temas valóricos recuerden esa confianza puesta en sus manos por una nación respetuosa de Dios y de los temas tan caros para él, tal como la vida y la familia.  Dios les bendiga y quiera abrir los cielos derramando sobre sus vidas buen juicio y sabiduría.

A Dios sea la Gloria.

 

Rubén Rodríguez R.

Presidente de la Asociación de Pastores Antofagasta

 

 

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