“Varón y Hembra los Creó”: Una Predicación sobre Identidad, Dignidad y Diseño

por Alejandro Villegas
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Hermanos, hermanas, quiero que hoy abramos la Palabra de Dios en tres pasajes que, tomados juntos, nos dan una de las enseñanzas más hermosas —y hoy en día más atacadas— de toda la Escritura: el diseño de Dios para el hombre y la mujer. Vamos a tomarnos el tiempo necesario. No voy a apurar el texto. Quiero que hoy salgamos de aquí sabiendo, con convicción bíblica, quiénes somos delante de Dios.


I. “A SU IMAGEN LOS CREÓ”: LA DIGNIDAD QUE NADIE PUEDE QUITARTE

Abramos en Génesis 1:26-27.

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”

Hermanos, deténganse un momento en esto. El primer capítulo de toda la Biblia, la primera página de la revelación de Dios a la humanidad, no dice “creó Dios al varón, y después, como algo secundario, hizo a la mujer para que le sirviera.” No. Dice que ambos, varón y hembra, fueron creados a imagen de Dios. En el mismo versículo. En el mismo aliento divino.

¿Por qué es esto tan importante? Porque hay voces hoy —dentro y fuera de la iglesia— que quieren hacerte creer que ser mujer es, de alguna manera, ser una versión disminuida del ser humano. Que para valer de verdad, para que te tomen en serio, para tener autoridad, tienes que parecerte más al hombre. Que tienes que ser dura, que tienes que negar tu feminidad, que tienes que “masculinizarte” para que el mundo te respete.

Y quiero decirte esta mañana, con toda la autoridad de la Palabra de Dios: eso es mentira.

Génesis 1:27 no dice que la imagen de Dios se reparte en porcentajes desiguales entre el hombre y la mujer. No dice que el hombre tiene el setenta por ciento de la imagen de Dios y la mujer el treinta. Dice que varón y hembra —ambos, plenamente, sin disminución— portan la imagen del Dios viviente. Tu dignidad, mujer que me escuchas hoy, no depende de cuánto te parezcas a un hombre. Tu dignidad está fundada en que Dios te hizo a Su imagen, siendo mujer, plenamente mujer, desde el principio.

Y aquí quiero que noten algo más. La Biblia no espera hasta el Nuevo Testamento para hablar de la igualdad entre el hombre y la mujer. No es un invento moderno, no es una concesión que la iglesia le hace a la cultura de hoy. Está ahí, en Génesis 1, antes del pecado, antes de la caída, antes de cualquier distorsión. Dios mismo estableció la igual dignidad del hombre y la mujer como parte de Su diseño original y perfecto.


II. “NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO”: LA DIFERENCIA QUE DIOS DISEÑÓ

Pero sigamos leyendo, porque la Biblia también nos dice algo más. Vayamos a Génesis 2:18.

“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.”

Aquí Dios introduce algo hermoso: la diferenciación. Adán está solo, y Dios dice que eso no es bueno. Así que forma a la mujer. Y quiero que entiendan bien esta palabra que se traduce “ayuda”, porque se ha malinterpretado durante siglos, incluso dentro de la propia iglesia.

En hebreo es la palabra ezer. Y hermanos, esta palabra no significa “asistente de segunda categoría” ni “la que sirve al que manda.” ¿Saben dónde más aparece esta palabra en el Antiguo Testamento? Aparece en los Salmos, describiendo a Dios mismo. Salmo 121: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda [ezer]? Mi ayuda proviene de Jehová.” Salmo 33: “Nuestra alma espera a Jehová; nuestra ayuda [ezer] y nuestro escudo es él.”

¿Entienden lo que esto significa? La misma palabra que describe a la mujer en su relación con el hombre es la palabra que describe a Dios mismo en Su relación de auxilio hacia Israel. Si “ayuda” significara inferioridad, tendríamos que concluir que Dios es inferior a Israel cuando lo ayuda. Eso es absurdo. La palabra ezer no habla de rango, habla de función. Habla de una fuerza que viene a completar lo que falta. La mujer no fue creada como una versión reducida del hombre. Fue creada como aquello que completaba lo que Dios mismo declaró incompleto.

Y luego, en Génesis 2:23, cuando Dios trae a la mujer ante Adán, él exclama: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.” No dice “esta es una criatura inferior que Dios me dio.” Dice: esto es de mi misma naturaleza, de mi misma esencia. Igualdad de sustancia, diferenciación de forma.

Y el capítulo termina con el versículo 24: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” Este es el fundamento del matrimonio: no una fusión que borra la diferencia, sino una unión que la honra. Dos que son diferentes, que se convierten en uno, precisamente porque son diferentes y se complementan.

Escuchen bien: igualdad de dignidad, diferenciación de diseño. Estas dos verdades no se contradicen. Se necesitan la una a la otra. Cualquier enseñanza que diga “para ser iguales, tenemos que ser idénticos” no viene de Génesis. Y cualquier enseñanza que diga “porque somos diferentes, uno vale menos que el otro” tampoco viene de Génesis. Las dos son distorsiones del texto.


III. “TU DESEO SERÁ PARA TU MARIDO”: CUANDO EL PECADO ROMPE EL DISEÑO

Ahora, hermanos, tenemos que hablar de Génesis 3. Porque aquí es donde entendemos por qué, en este mundo caído, la relación entre el hombre y la mujer casi nunca funciona como Dios la diseñó.

Génesis 3:16, después de la caída, Dios le dice a la mujer: “…tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.”

Este versículo se ha malinterpretado de muchas maneras a lo largo de la historia de la iglesia, y algunos lo han usado —vergonzosamente— para justificar el maltrato, el control abusivo, la opresión de la mujer. Quiero ser muy claro esta mañana: eso no es lo que este texto enseña.

Miren la palabra “deseo” en hebreo. Esta misma palabra aparece pocos versículos después, en Génesis 4:7, cuando Dios le habla a Caín sobre el pecado que está agazapado a la puerta: “…su deseo será contra ti, mas tú debes enseñorearte de él.” El pecado “desea” dominar a Caín. Es un deseo de control, de sometimiento hostil.

¿Entienden lo que esto significa para Génesis 3:16? No dice simplemente que la mujer va a “querer” a su esposo de manera romántica. Dice que, como consecuencia del pecado, va a surgir una lucha de poder en el matrimonio: la mujer buscará controlar, dominar, o resistir la autoridad de su esposo, y el hombre responderá no con liderazgo amoroso, sino con dominio áspero, autoritario, a veces abusivo.

Esto es una maldición, hermanos, no un mandato. No es el ideal de Dios para el matrimonio; es la descripción de lo que el pecado hace con el diseño original de Dios. Antes de la caída, había armonía en la diferenciación. Después de la caída, hay guerra. Cada matrimonio en esta sala, si es honesto, reconoce esta lucha: el esposo que quiere controlar en vez de amar, la esposa que quiere dominar en vez de respetar. Los dos extremos —el hombre que oprime y se cree superior, y la ideología que dice que la feminidad misma es el problema y hay que anularla— son fruto del mismo pecado descrito aquí. Ninguno de los dos extremos refleja el Edén. Los dos reflejan la caída.

Y esto, hermanos, es exactamente por qué necesitamos el evangelio. Porque solo en Cristo, solo por el poder del Espíritu Santo, un matrimonio puede empezar a caminar de regreso hacia el diseño original: hacia el amor sacrificial y hacia el respeto genuino, en vez de hacia la guerra de poder que el pecado introdujo.


IV. “COMO CRISTO AMÓ A LA IGLESIA”: EL ESTÁNDAR MÁS ALTO ESTÁ SOBRE EL HOMBRE

Ahora vamos al Nuevo Testamento. Efesios 5, empezando en el versículo 21.

Pablo escribe: “Someteos unos a otros en el temor de Dios.” Este versículo es la puerta de entrada a todo lo que sigue, y no quiero que se lo salten, porque establece el tono: hay un llamado, primero, a la humildad mutua, al servicio mutuo, entre todos los creyentes, esposos y esposas incluidos.

Y luego, versículo 22: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.” Este versículo, hermanos, ha sido usado y abusado incontables veces por hombres que querían justificar su propio egoísmo, su propio control, a veces incluso su propia crueldad, citando “sujétate” y deteniéndose ahí.

Pero Pablo no se detiene ahí. Sigan leyendo conmigo, versículo 25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.”

¿Entienden lo que Pablo acaba de hacer? Le puso al hombre un estándar tan alto, tan exigente, tan imposible de cumplir en la carne, que cualquier hombre que use este pasaje para justificar dominio, control o desprecio hacia su esposa no ha leído el pasaje completo. El llamado al esposo no es “gobierna”, no es “controla”, no es “haz que se someta.” El llamado es: entrégate. Muere por ella si es necesario. Ama como Cristo amó, hasta la cruz.

Sigue Pablo, versículo 28: “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.” Versículo 29: “nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia.”

Hermanos, la “masculinidad bíblica” —si queremos usar esa palabra— no se mide por cuánta autoridad puede ejercer un hombre. Se mide por cuánto puede entregar. No es la capacidad de mandar; es la capacidad de sacrificarse. Un hombre que exige sumisión pero no está dispuesto a morir por su esposa en el sentido que Pablo describe —renunciando a su comodidad, a su ego, a su propio interés, día tras día— no está viviendo Efesios 5. Está viviendo su propio orgullo disfrazado con lenguaje bíblico.

Y termina Pablo, versículo 33: “cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.” Amor sacrificial de un lado. Respeto genuino del otro. Ninguno de los dos es dominación. Ninguno de los dos es borrado de identidad.


V. “PORQUE ADÁN FUE FORMADO PRIMERO”: EL ORDEN QUE VIENE DE LA CREACIÓN

Ahora, sé que este siguiente pasaje es difícil para muchos hoy en día. Vamos a 1 Timoteo 2, y les pido que lo reciban con la misma seriedad con la que reciben cualquier otra Escritura, sin filtrar la Palabra de Dios por lo que la cultura de hoy nos dice que debe o no debe decir.

Versículo 12: “Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.” Versículo 13: “Porque Adán fue formado primero, después Eva.”

Miren con atención de dónde saca Pablo su argumento. No dice “porque así es la costumbre en Éfeso” o “porque en esta cultura las mujeres no tienen educación.” Dice: porque Adán fue formado primero. Se va a Génesis. Se va a la creación misma. Y esto es exactamente por qué muchos, a lo largo de la historia de la iglesia, hemos entendido que este principio no es una costumbre de la cultura del primer siglo que ya pasó de moda, sino un reflejo de un orden que Dios estableció desde el principio del mundo.

Ahora, quiero ser honesto con ustedes esta mañana, porque el pastor que les predica no debe ocultarles que hay hermanos y hermanas, igual de comprometidos con la Palabra de Dios, que han estudiado este pasaje profundamente y leen algunos detalles de manera distinta —especialmente sobre si esto responde también a una situación específica de falsas enseñanzas en Éfeso. Yo no vengo aquí a pretender que no existe ese debate entre eruditos serios. Pero lo que no está en debate, lo que es clarísimo en el texto, es esto: Pablo ancla la diferenciación de roles en la enseñanza de la iglesia en el orden de la creación, no en una preferencia cultural pasajera. Y eso, hermanos, merece nuestro respeto y nuestra sujeción, no nuestra reinterpretación conveniente cada vez que la cultura cambia de opinión.


VI. UNA PALABRA SOBRE EL ESPÍRITU DE ESTA ÉPOCA

Y ahora, hermanos, quiero hablarles con el corazón sobre lo que estamos viendo en nuestra generación.

Vivimos en un tiempo donde hay una corriente ideológica poderosa —dentro de la academia, dentro del entretenimiento, y sí, hasta dentro de algunos púlpitos evangélicos— que ha decidido que la diferenciación entre varón y hembra, la misma diferenciación que Dios estableció en Génesis 1:27, es en realidad un invento cultural arbitrario que debe ser desmantelado. Que no hay nada esencial en ser mujer, ni nada esencial en ser hombre. Que todo es una construcción, y que la verdadera libertad está en borrar esa distinción.

Y quiero decirles algo con toda claridad: cuando esa ideología entra a la iglesia, muchas veces no entra gritando “abandonen la Biblia.” Entra en silencio, con lenguaje suave, con vocabulario terapéutico, con conceptos que suenan espirituales pero que no vienen de la Escritura —como hablar de “energías masculinas y femeninas” en vez de hablar de los mandatos claros que acabamos de leer en Efesios 5 y en Tito 2. Entra cuando dejamos de predicar estos textos con su fuerza original porque tememos la reacción del mundo. Entra cuando presentamos la ambición, el poder o la autonomía como el ideal de realización de una mujer cristiana, en vez de presentar el llamado bíblico a la fidelidad, sea cual sea la forma que esa fidelidad tome en su vida particular.

Ahora, hermanos, también tengo que decirles esto con la misma honestidad pastoral: no toda mujer fuerte, no toda mujer líder, no toda mujer con una personalidad firme y decidida está “masculinizándose.” La Biblia misma nos presenta a Débora, jueza de Israel; a Abigail, que actuó con sabiduría y decisión mientras su esposo actuaba como necio; a la mujer virtuosa de Proverbios 31, que negocia, que administra, que tiene fuerza y dignidad. Ninguna de ellas es presentada como una desviación del diseño de Dios. El problema no es que una mujer sea fuerte. El problema es una ideología que dice que lo femenino, en sí mismo, es deficiente, y que la única manera de valer es pareciéndose al hombre. Esa es la mentira que debemos discernir y rechazar. No la fortaleza de la mujer. La mentira que dice que su feminidad es el obstáculo para su valor.


VII. EL LLAMADO DE HOY

Hermanos, quiero cerrar con esto.

Si eres mujer y estás aquí esta mañana sintiendo que el mundo te ha dicho, de mil maneras distintas, que no vales lo suficiente siendo quien eres, que tienes que endurecerte, que tienes que negar tu feminidad, que tienes que competir para probar tu valor —quiero que sepas, con la autoridad de Génesis 1:27, que Dios te hizo a Su imagen, mujer, plenamente, sin necesidad de ser nada más que lo que Él diseñó que fueras.

Si eres hombre y estás aquí esta mañana pensando que masculinidad significa control, dominio, mano dura sobre tu esposa y tu familia —quiero que sepas, con la autoridad de Efesios 5:25, que Dios te está llamando a algo mucho más difícil y mucho más glorioso que dominar: te está llamando a entregarte, a amar hasta el sacrificio, como Cristo amó a la iglesia.

Y si estás aquí, hombre o mujer, cansado de la guerra de poder que Génesis 3:16 describió hace tantos siglos y que sigues viviendo hoy en tu propio matrimonio, en tu propia familia, en tu propio corazón —quiero decirte que la única solución no es una nueva ideología, ni de un lado ni del otro. La única solución es el evangelio. Es la cruz de Cristo, que rompe el poder del pecado y comienza a restaurarnos, poco a poco, hacia el diseño original de Dios: dignidad igual, diferenciación honrada, amor sacrificial, respeto genuino.

Que el Señor nos dé gracia para vivir esto. Vamos a orar.

por Alejandro Villegas

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