En nuestra vida, muchas veces queremos que las cosas sucedan ya, según nuestro plan y nuestro calendario. Pero la Biblia nos recuerda que Dios no se mueve por la prisa humana, sino por Su perfecta voluntad.
Eclesiastés 3:1 nos enseña:
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”
El tiempo de Dios no es solo una fecha en el calendario; es el momento exacto en el que Él ve que estamos listos y que las circunstancias están alineadas para su propósito eterno. Cuando tratamos de forzar algo fuera de ese tiempo, nos llenamos de frustración; pero cuando aprendemos a esperar, nuestra fe crece y nuestro carácter se fortalece.
Dios no llega tarde, aunque a veces parezca que tarda. 2 Pedro 3:9 dice que Él es paciente, porque en Su plan perfecto está cuidando cada detalle para nuestro bien.
Recordemos que Su propósito es más grande que nuestro entendimiento, y que incluso los retrasos que no entendemos hoy, mañana serán parte de un testimonio de fidelidad.