Antes de abrir la ventana hacia otro corazón, mira primero el espejo del tuyo.

por Alejandro Villegas
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Mas allá con “no os unais en yugo desigual con el mundo”
Hay un peligro silencioso que crece detrás de cada perfil bien armado, cada versículo compartido en el momento justo, cada mensaje que llega exactamente cuando el alma está más vulnerable. No es la tecnología el problema — es lo que algunos han aprendido a hacer con ella: construir una fachada de piedad para alcanzar lo que en la luz del día jamás conseguirían con transparencia.
El narcisista encubierto no llega gritando. Llega con paciencia, con palabras que suenan a Escritura, con una atención que se siente como respuesta a una oración. Sabe leer la soledad ajena y sabe exactamente qué decir para llenarla — no porque ame, sino porque ha encontrado un vacío disponible. No exige nada al principio. Solo espera, refleja lo que la otra persona necesita escuchar, y deja que sea ella quien construya en su mente la historia de que esto es “provisión de Dios”.
Pero el fruto tarda en aparecer solo para quien no lo busca. Cristo fue claro: por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:16-20). Un perfil inaccesible, una vida que nadie puede verificar, ausencia de una congregación local real, incoherencia entre lo que se dice creer y cómo se vive — estas no son sospechas exageradas, son las señales que la Escritura misma nos enseña a observar. “El simple todo lo cree, mas el avisado mira bien sus pasos” (Proverbios 14:15).
Y aquí está la raíz que hay que examinar con honestidad: cuando la soledad se convierte en el motor que busca pareja, el discernimiento se apaga. No porque la soledad sea pecado, sino porque un alma que no está sostenida primero en la plenitud de Cristo, sale a buscar en una persona lo que solo Dios puede darle — identidad, valor, compañía que no falla, amor que no depende de una pantalla. Y esa alma sedienta bebe de cualquier pozo que le ofrezca algo parecido al agua, aunque esté envenenado.
Pero antes de señalar al otro, hay que voltear el espejo hacia adentro.
No basta con repetir “no os unáis en yugo desigual con los incrédulos” como una fórmula que aplicamos únicamente para examinar al candidato que se acerca. Esa exhortación pierde su fuerza si quien la cita nunca se ha detenido a examinar su propia vida con la misma sinceridad. La pregunta incómoda pero necesaria es: ¿y yo? ¿Mi conversión fue real, genuina, o simplemente heredé una rutina religiosa? ¿Mi vida cristiana tiene raíces profundas o es apenas la costumbre de ocupar una banca los domingos? 2 Corintios 13:5 nos manda a examinarnos a nosotros mismos si estamos en la fe, a probarnos a nosotros mismos — no como ejercicio ocasional, sino como hábito constante de un creyente honesto.
Porque la misma inmadurez que se señala en la hermana que cae en manos de un farsante puede estar presente, con otro rostro, en cualquiera de nosotros: en el creyente doctrinalmente correcto pero que jamás ha dejado que el evangelio transforme su carácter, en el que asiste fielmente pero cuya vida diaria no refleja arrepentimiento genuino, en el que puede citar a Calvino o a Arminio pero no puede dar cuenta de un caminar real con Cristo fuera del templo. La madurez bíblica no se mide por asistencia ni por vocabulario teológico — se mide por un fruto sostenido, por un carácter que se forja en lo secreto, por una vida que es coherente estando solo como estando acompañado.
Amada hermana, amado hermano: antes de examinar a quien se acerca, examínate a ti mismo. No busques pareja hasta no poder responder con sinceridad si tu propia vida da testimonio de una conversión real.
Tu identidad no depende de tener a alguien. Tu valor no se mide por un mensaje de “buenos días, bendecida hija de Dios” que llega puntual cada mañana desde una pantalla. Antes de buscar una pareja, busca estar tan lleno del amor de Cristo — y tan seguro de que ese amor ha transformado de verdad tu propia vida — que ningún farsante encuentre en ti un vacío que llenar, y que tú mismo no seas, sin saberlo, la vitrina vacía que otro corazón solitario podría confundir con sustancia.
Por Alejandro Villegas

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