Vivimos días en los que hay una tendencia a encogerse de hombros cuando se nos confronta con el error. En vez de preguntar como Pilato “¿Qué es la verdad?”, el hombre posmodernista dice, “Nada es verdad” o quizá “La verdad existe, pero no podemos conocerla”. Hemos crecido acostumbrados a ser engañados, y mucha gente parece cómoda con la falsa noción de que la Biblia también contiene errores.