¿Libres para amar? – por Alejandro Villegas

por Alejandro Villegas
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¿Libres para amar? - por Alejandro Villegas
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Hoy en día muchos creyentes afirman estar listos para amar de nuevo, pero pocos se detienen a examinar desde dónde están amando. La fe se confiesa, pero el corazón muchas veces sigue condicionado por heridas no sanadas, traiciones pasadas y una autoestima quebrantada.

Con frecuencia, la búsqueda de pareja nace más de la necesidad que de la plenitud. Se anhela a alguien que supla carencias emocionales, que dé seguridad, estabilidad y validación. Ese deseo, aunque comprensible, no es amor bíblico; es una forma sutil de dependencia. Cuando el amor nace de la carencia, inevitablemente se vuelve exigente, frágil y egoísta.

La Palabra es clara:

“Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

Quien no ha sido afirmado en el amor de Dios buscará en otra persona lo que solo Cristo puede sanar. Y es precisamente allí, en el espacio de la baja autoestima, donde suelen aparecer personas con rasgos narcisistas. Llegan ofreciendo atención, palabras intensas y promesas rápidas, pero no para amar, sino para ser admirados y necesitados. El corazón herido confunde esa intensidad con amor, cuando en realidad es una forma de control.

Dios nos advierte:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

Cuando no se guarda el corazón, el discernimiento se nubla. Se empieza a elegir desde la emoción y no desde el carácter. Entonces, quienes son estables, coherentes y sanos parecen “aburridos”, mientras que los inestables, confusos o manipuladores resultan atractivos. La paz se confunde con monotonía cuando el alma está acostumbrada al caos.

En este escenario surge otro error frecuente: espiritualizar la indecisión. Frases como “voy a orar para que Dios me muestre si tú eres” se convierten en un comodín para evitar decisiones responsables. Dios no es un oráculo que suple la falta de sanidad emocional, ni confirma relaciones por sensaciones. Él ya dejó principios claros en Su Palabra.

“Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).

Quien vale la pena no siempre deslumbra con palabras, pero sí con coherencia, respeto y constancia. No confunde, no manipula, no usa la fe como herramienta para mantener opciones abiertas. El amor verdadero no produce confusión, porque:

“Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33).

No todo el que emociona edifica, y no todo el que trae paz es aburrido. A veces se rechaza lo bueno porque todavía no se ha sanado el concepto del amor. Se pide a Dios “señales”, cuando lo que se necesita es confrontación interior. Mientras no se sane la raíz, se seguirán llamando “pruebas” a relaciones que en realidad son advertencias.

Tal vez la oración correcta no sea:
“Señor, muéstrame si esta persona es”,
sino:
“Señor, muéstrame qué debo sanar en mí para poder amar bien.”

Porque amar no es llenar vacíos,
es compartir plenitud.
Y solo quien ha sido restaurado en su identidad en Cristo
está verdaderamente libre para amar.

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