Como seres humanos tendemos a idealizar casi todo. Cuando pensamos en esa «ayuda idónea» que Dios mismo prometió proveer —«No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18)— la imaginamos bajo un idealismo que la acerca casi a un ser celestial, o la reducimos a un simple proveedor, a lo que popularmente se llama «un buen partido». Muchas veces criticamos a quienes se dicen cristianos porque priorizan lo material —el estatus económico o ciertos estándares de belleza— como si esas fueran condiciones necesarias para considerar y aceptar a alguien en una relación afectiva.
Sin embargo, hay un punto esencial que revela nuestra madurez como cristianos: ese idealismo está equivocado porque nace de una mirada egoísta y no de la óptica de Dios. La Escritura lo dice con claridad cuando el Señor envió al profeta Samuel a ungir al sucesor de Saúl: «No mires a su parecer, ni a lo alto de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 Samuel 16:7).
Pero el idealismo no siempre viste ropa de dinero o belleza física; a veces se disfraza de espiritualidad. Hay quienes se acercan a otro no por su apariencia ni por su cuenta bancaria, sino atraídos por su testimonio, por la obra visible de Dios en su vida, por lo que proyecta hacia afuera. El problema es el mismo: se ama una imagen, no a una persona. Se admira al «personaje» —el que da testimonio, el que sirve, el que aparenta fortaleza—, pero no se está dispuesto a sostener al ser humano real que hay detrás, con sus luchas, sus caídas y sus momentos de debilidad. Y es ahí donde se revela si ese amor nació del corazón o solo de la fascinación por lo que el otro representa.
Si escudriñamos la Escritura, descubrimos hasta qué punto y de qué manera nos mira Dios, en un contraste profundo con la forma en que nosotros, como cristianos, solemos mirar a los demás. Esa diferencia depende directamente de qué tan genuino sea nuestro cristianismo. Porque si ni siquiera podemos definir con claridad lo que creemos, y nuestra fe se reduce a asistir un par de veces por semana a la iglesia, cantar algunas alabanzas y escuchar un sermón cada vez más breve, entonces seguimos operando desde una experiencia de vida cristiana raquítica, de la que el mismo Jesús advirtió: «Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí» (Mateo 15:8).
Y esa misma superficialidad con la que vivimos la fe es la que trasladamos a cómo miramos a los demás: con los labios hablamos de amor incondicional, pero con el corazón seguimos midiendo a las personas por lo que aparentan, sea belleza, estatus o incluso una imagen espiritual que admiramos desde lejos.
Cuando Dios pone a prueba las promesas y los compromisos que hemos hecho, queda en evidencia la falta de amor, la indiferencia y la ausencia de verdad. Es un cristianismo cuyo «amor» no tolera que los demás sean imperfectos, y que nos condena, egoístamente, a seguir luchando solo por nuestros propios intereses, sabiendo perfectamente que los otros también tienen sus batallas. Muy lejos queda ese amor del que Pablo describe: uno que «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Corintios 13:7).
En contraste, la mirada del amor de Dios nos ha prometido que jamás nos abandonará. Más aún: aunque Él sabía de antemano que le fallaríamos muchas veces, ese amor —reflejado en su misericordia— nos aceptó y nos sigue aceptando cada día, porque «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). Y es justamente porque Dios nos miró así primero —sin esperar que fuéramos perfectos— que nosotros deberíamos mirar a los demás de la misma manera.
Por eso, antes de pedirle a Dios esa ayuda idónea, deberíamos hacernos una pregunta más incómoda: ¿estamos nosotros a la altura de lo que estamos pidiendo? Porque no basta con enamorar, conquistar o comprometerse; el verdadero desafío llega después, cuando la relación enfrenta su propia tormenta. Ahí es donde muchos, sin quererlo, terminan actuando como quien grita «sálvese quien pueda» y arroja al otro del bote en medio de la tempestad, dejándolo solo justo cuando más necesitaba una mano firme. Y ese abandono —disfrazado muchas veces de «ya no siento lo mismo» o «esto no es lo que esperaba»— duele profundamente, porque revela que el compromiso que se prometió nunca estuvo anclado en un amor maduro, sino en la conveniencia del momento.
El detalle decisivo es este: se trata de mirar no desde la religión, sino con un corazón transformado. Solo entonces lo material quedará en su justo lugar; lo externo, la belleza física e incluso la imagen espiritual que alguien proyecta dejarán de ser el filtro principal, y podremos mirar a esa persona sin hacerlo de arriba hacia abajo. Lástima que, muchas veces, en este deseo de encontrar una ayuda idónea, ese mismo amor en nosotros aún no está maduro… sigue en pañales.
Escrito por:
Alejandro Villegas S.
Comunicador Cristiano
Fundador y Director de La Verdad Ahora
laverdadahora.com